Democratizarse o morir

Por Yasheng Huang | Fuente: Foreign Affairs Latinoamérica | 2013-05-28

Revolución China

Los comunistas de China frente a una reforma o una revolución

"El Partido Comunista Chino recuperaría su prestigio si volviera a hacer propio el mandato de reformar, y el sistema político de China mejoraría sin tener que renunciar al poder."

En 2011, ante la Royal Society (la academia de las ciencias británica), el primer ministro chino, Wen Jiabao, declaró: "La China del mañana será un país que logre plenamente la democracia, el Estado de derecho, la equidad y la justicia. Sin libertad, no hay verdadera democracia. Sin garantía de los derechos económicos y políticos, no hay verdadera libertad". El artículo de Eric Li en Foreign Affairs ("The Life of the Party", Vol. 92, Núm. 1) no es tan elogioso de la democracia. En vez de eso, Li, capitalista de riesgo con oficinas en Shanghái, declara que el debate respecto a la democratización de China es estéril: el Partido Comunista de China (PCCh) no sólo permanecerá en el poder, sino que su éxito en los próximos años "consolidará el modelo unipartidista y, al hacerlo, pondrá en tela de juicio los hechos admitidos en Occidente respecto al desarrollo político". Li tal vez cantó victoria demasiado pronto. Como prueba de que los chinos prefieren el statu quo político, Li cita la aprobación de la mayor parte de la ciudadanía al rumbo general del país. Pero en un país donde no hay libertad de expresión, pedirle al pueblo que califique directamente el desempeño de sus líderes es algo así como darle un examen de respuesta única. Los resultados obtenidos en sondeos más minuciosos que dotan a las preguntas de un contexto políticamente menos sensible contradicen la conclusión de Li. De acuerdo con los sondeos de 2003 que se citan en How East Asians View Democracy, por los editores Yun-Han Chu, Larry Diamond, Andrew Nathan y Doh Chull Shin, un 72.3% de los ciudadanos chinos encuestados señaló que, en su opinión, la democracia "es deseable para nuestro país ahora" y un 67% dijo que la democracia "es adecuada para nuestro país ahora". Estos dos porcentajes concuerdan con los registrados en las democracias  bien establecidas de Asia Oriental, como Corea del Sur, Japón y Taiwán.

China está demandando más democracia. Es cierto que el bloque opositor de las reformas en el seno del partido ha llevado la batuta desde la represión en la Plaza Tiananmen en 1989. Pero recientemente, las voces en favor de la reforma en el PPCh se han tornado más fuertes gracias, en parte, a las exigencias de veracidad, transparencia y rendición de cuentas de cientos de millones de internautas chinos. Los nuevos líderes de China parecen algo dispuestos a ser más moderados que sus predecesores, quienes proclamaban advertencias contra la "occidentalización" del sistema político chino. Hasta ahora, lo que le ha impedido a China alcanzar la democracia no ha sido la falta de demanda, sino la falta de oferta. Es posible que la brecha empiece a cerrarse en los próximos 10 años.

UNA MURALLA NO TAN GRANDE.

Li admite que China tiene problemas: la desaceleración de su crecimiento económico, la provisión deficiente de servicios sociales y la corrupción. Sin embargo, sostiene que el PCCh es más capaz que cualquier gobierno democrático de solucionarlos. El Partido, argumenta Li, podrá tomar decisiones difíciles y llevarlas a buen fin gracias a su capacidad para autocorregirse, a su estructura basada en los méritos y a sus vastas reservas de legitimidad popular.

Durante sus 60 años en el poder, el PCCh ha probado de todo: desde la colectivización de la tierra hasta la privatización, pasando por el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. Según Li, esto lo convierte en "una de las organizaciones políticas con mayor capacidad para reformarse a sí misma en la historia mundial reciente". Desafortunadamente, el Primer Ministro de China no confía como Li en que Beijing ha aprendido de los desastres previos y puede enmendar sus errores. En marzo de 2012, en respuesta a un sinfín de escándalos de corrupción y políticos, Wen advirtió que "tragedias históricas como la Revolución Cultural podrían volver a ocurrir" si no se realizaban reformas políticas.

China sí parece estar a años luz del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural, que fueron desastrosos para el país. Pero el Partido nunca ha repudiado ni aceptado explícitamente su culpabilidad en ambos períodos históricos, ni ha encarado la pregunta de cómo impedir catástrofes similares en el futuro. Por tratarse de un sistema sin una rendición de cuentas verdadera ni equilibrio de poderes, las preocupaciones de Wen ?y de cientos de millones de chinos que padecieron los horrores de esos sucesos? son sinceras y justificadas.

Tras encomiar la capacidad de adaptación del PPCh, Li procede a elogiar su meritocracia. Relata la historia de Qiu He, quien siendo un miembro de poca monta del aparato comunista en un condado atrasado ascendió hasta convertirse en Subsecretario del Partido para la provincia de Yunnan gracias a sus innovadoras políticas públicas. Una de las razones por las que el sistema político chino no se ha venido abajo es su flexi?bilidad, suficiente como para permitir que alguien como Qiu experimentara con las reformas. No obstante, llama la atención que Li utilice la historia de Qiu para atacar a la democracia. Las características del sistema político chino que permitieron a Qiu experimentar con la innovación de las políticas, la subsidiariedad (el principio organizativo que establece que un asunto debe ser manejado por la autoridad de menor jerarquía capaz de atenderlo) y el federalismo, en realidad constituyen la base de cualquier democracia que funciona bien. A diferencia de China, cuyo gobierno central decreta la subsidiariedad y el federalismo, la mayoría de las democracias consagran en su Constitución la descentralización del poder político.

Hay otro problema con el relato: por cada Qiu, hay incontables políticos chinos que escalaron dentro del PPCh por razones menos encomiables. Los datos sistemáticos simplemente no confirman la aseveración de Li de que el sistema político chino en su conjunto es meritocrático. Tras analizar con rigor distintos datos económicos y políticos, los politólogos Victor Shih, Christopher Adolph y Mingxing Liu no encontraron ninguna prueba de que los funcionarios chinos con una buena trayectoria en el manejo de las finanzas tuvieran más probabilidades de ser ascendidos que quienes no destacan en ese terreno. Lo que importa más es el clientelismo o, como lo denomina Wu Si, afamado historiador y editor en China, "la regla tácita" del sistema de ascensos.

Li sostiene que una persona con los antecedentes de Barack Obama antes de resultar elegido Presidente de Estados Unidos no habría llegado lejos como político en China. Tiene razón, pero lo mismo es aplicable para el otro lado de la moneda. Es el caso, por ejemplo, de Bo Xilai, antiguo miembro del Politburó con una esposa confesa de asesinato, un hijo estudiando en el extranjero (algo imposible de explicar en vista del salario de los servidores públicos) y una campaña de terror rojo contra periodistas y abogados en la que torturó y encarceló a un número indeterminado de ciudadanos sin ningún tipo de juicio justo. Nadie como Bo podría haber llegado lejos en Estados Unidos. Pero en China, alcanzó la excelencia. E incluso antes de su caída, ostentaba el mismo poder irrefrenable que Qiu y lo utilizaba para resucitar los mismos elementos de la Revolución Cultural que Wen critica.

 

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